Se acercó lentamente a la cama, a la cama que le traía tantos recuerdos, aquel simple mueble; Aun arropado por la canícula del estío, todavía podía sentir la frialdad de aquella habitación cuando ella no estaba a su lado, cuando no se encontraba cerca para consolarlo y compartir su calor. Se hallaba perdido, sin rumbo, como una brújula que hubiera perdido el norte, y que, además, no reconociera el sur. Todavía se aferraba a su último recuerdo, forzando su mente a retenerlo hasta la eternidad. Le costaba pensar que una insignificante llamada pudiera significar tanto, tan solo unas cuantas palabras: "Voy a subir al avión. Espérame. Te quiero". En aquel instante todos los reproches que durante días de ausencia había ido acumulando desaparecieron como si nunca hubieran existido. Y ahora, aun quedando pocas horas para su reencuentro no lograba apartar de sí esa sensación de pérdida.
El sueño parecía querer escapar de sus manos, limitándose únicamente a rozarlo con su estela, sumiéndolo en un sopor aterrador que alargaba cada segundo a minutos, los minutos a horas, las horas a días, impidiéndole volver a reunirse con ella.
Por la ventana apenas si podía ver las estrellas, que pugnaban, en su lejanía, por brillar más que las farolas que iluminaban las calles de la ciudad. Aguardaba el paso de un avión, del avión que la traía de vuelta. ¿Por qué no podía volar más deprisa?. ¿Por qué no podía volar él?. ¿Por qué ella había tenido que irse?. En su cabeza resonaban preguntas cuya respuesta, lógica y simple, rechazaba con pensamientos enajenados. Se estaba volviendo loco, loco por su separación, loco por la nostalgia, loco;
No podía dejar de dar vueltas en la cama. El bochorno insoportable de aquella noche de verano, el ruido de los coches que traspasaba el umbral de la ventana, el reloj que marcaba sin compasión los lentos movimientos de las agujas, y multitud de desesperantes e inagotables sensaciones hacían agobiante aquella vigilia, incluso la vida, la vida sin ella.
El sudor impregnaba cada resquicio de su cuerpo, ahogándolo en sus pensamientos, que poco a poco se iban convirtiendo en alucinaciones, en delirios desquiciados por la falta de razón, pues su razón era ella. Solamente ella podía aliviar su sufrimiento con sus calculados raciocinios y fríos actos. Únicamente ella podría salvarlo de aquella pérdida de sí mismo, de su naufragio en los mares de la demencia a bordo del bote de la insensatez.
El reloj continuaba sonado con su lenta letanía de pausados compases, que marcaban constantes la travesía de su tránsito por la existencia. ¿Por la existencia?, ¿Qué existencia podía tener sin ella? Sin ella sólo le esperaba la nada, el vacío absoluto en la más profunda oscuridad.
Desesperado por esos sentimientos agonizantes que partían de lo más recóndito de su mente, del lugar que ni siquiera las pesadillas se dignaban a habitar, se levantó de la cama, abandonó el lecho que tan extraño resultaba si ella no se encontraba a su lado.
Encendió la televisión, decidido a abandonarse a cualquier estúpido programa nocturno con tal de desechar los pensamientos de soledad y melancolía, que asediaban la franja que dividía la cordura de la locura, semejando un antiguo ejército de soldados decididos a conquistar nuevas tierras. Pasado escaso tiempo fue incapaz de oír más que el tic-tac del reloj, aquel sonido que se había convertido en la banda sonora de sus días desde que el monstruoso avión le había alejado de ella. Sin embargo una noticia captó su atención. El vuelo que se dirigía a la ciudad, se había estrellado a pocos kilómetros de la pista de aterrizaje. El fuego había calcinado la estructura que antes fuera un avión y que ahora más parecía una pira.
El teléfono sonó en la habitación, pero él no podía levantarse, no podía siquiera arrastrarse los pocos metros que le separaban de la mesilla en la que reposaba aquel invento. Desechó la escucha del incesante aullido del aparato, siendo sólo consciente del tic-tac de las agujas del reloj, que marcaban impacientes el final.
Recobró fuerzas suficientes para dirigirse hacia su escritorio, situado en la habitación, en la habitación que le traía cada vez más recuerdos, recuerdos que nublaban su mente y le impedían razonar. Una mirada excéntrica se posó sobre la pared, en la cual colgaba la espada que les había unido en matrimonio tanto tiempo atrás. Él no era un valiente al que no le importara el dolor, no podría soportar el sufrimiento de una muerte lenta impuesta por su propia mano, pero por su mente pasaron cientos de ideas que finalmente conducirían a la misma conclusión.
Abrió uno de los cajones de su escritorio y apoyando en él la espada lo cerró. El arma se mantuvo en cuidado equilibrio, esperando como un espectador impaciente la resolución de la escena.
Ni siquiera sintió como su cuerpo se inclinaba hacia el desenlace. Su último pensamiento consistió en el desvarío de las tétricas palabras de un macabro sacerdote, miembro de la hermandad de sus angustias, "lo que les unió en vida que les una en muerte", mientras al fondo resonaba la acompasada sintonía de un reloj.
El teléfono comunicaba. Resultaba extraño, pues hacía apenas dos horas había estado hablando con él. No quería decirle nada demasiado importante, tan solo deseaba escuchar su voz antes de coger el próximo avión. No quería volver a subirse en una de esas máquinas, pues su vértigo no era amigo de la altura que llegaban a alcanzar. Además, estaba cansada de tener que esperar, finalmente eso era lo que reportaba un gesto desinteresado. Le había cambiado el billete a aquella pobre mujer que quería llegar al hospital antes de que su madre muriese, y ahora a ella le tocaba esperar hasta que saliese el próximo vuelo. Miró la pequeña esfera del reloj de su muñeca, de eso ya habían pasado más de cuatro horas. Colgó el teléfono desistiendo de comunicarse y se sentó en uno de los bancos de la sala de espera.
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